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Lazarillo de Tormes

Tratado 2

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Los sábados comense en esta tierra cabezas de carnero, y enviabame por una que costaba tres maravedís. Aquella le cocía y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenia, y dabame todos los huesos roídos, y dabamelos en el plato, diciendo:

"Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el Papa."

"¡Tal te la dé Dios!", decía yo paso entre mí.

A cabo de tres semanas que estuve con él, vine a tanta flaqueza que no me podía tener en las piernas de pura hambre. Vime claramente ir a la sepultura, si Dios y mi saber no me remediaran.

Para usar de mis manas no tenía aparejo, por no tener en que dalle salto; y aunque algo hubiera, no podía cegalle, como hacia al que Dios perdone, si de aquella calabazada feneció, que todavía, aunque astuto, con faltalle aquel preciado sentido no me sentía; mas estotro, ninguno hay que tan aguda vista tuviese como él tenia. Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha caía que no era del registrada: el un ojo tenia en la gente y el otro en mis manos. Bailabanle los ojos en el casco como si fueran de azogue. Cuantas blancas ofrecían tenia por cuenta; y acabado el ofrecer, luego me quitaba la concheta y la ponía sobre el altar. No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él viví o, por mejor decir, morí. De la taberna nunca le traje una blanca de vino, mas aquel poco que de la ofrenda habia metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana, y por ocultar su gran mezquindad deciame:

"Mira, mozo, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y beber, y por esto yo no me desmando como otros."

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